Ernestine Lüdeke camina por la
dehesa como quien cuida un tesoro frágil: sabe que cada oveja que pasta aquí no
solo come hierba, sino que limpia el monte, abona el suelo y previene el fuego
que podría devorarlo todo. Desde la Fundación Monte Mediterráneo defiende la
trashumancia, un sistema ancestral que une sur y norte, biodiversidad y
economía, y que hoy se revela como clave para combatir la desertificación y el
abandono rural. Proyectos como Caminos Trashumantes buscan que no quede solo en
el recuerdo.

La dehesa, un ecosistema silvopastoral, ha sido intervenido
por el hombre durante siglos para transformar el monte mediterráneo en un
paisaje productivo. Se eliminó matorral y se aclaró la arboleda, seleccionando
encinas y alcornoques que generan sombra, microclima favorable y bellota para
la ganadería extensiva. Este manejo equilibrado ha permitido aprovechar pastos,
corcho, leña y caza, creando un sistema multifuncional que combina
sostenibilidad ecológica con producción rural. Imagen ilustrativa. JamonSeleccion.
Pixabay
España alberga un ecosistema
singular en el planeta, forjado por el hombre a lo largo de siglos con fines
diversos y sabios. La dehesa, paisaje agrosilvopastoral por excelencia, ha
guiado la actividad humana hacia una sostenibilidad ancestral: la caza selectiva,
la ganadería en libertad, la extracción de leña, el descorche y la montanera de
bellota, todos ellos en armonía con el monte y el tiempo.
Ernestine Lüdeke, presidenta de
la Fundación Monte Mediterráneo, explicó a The Epoch Times España que la
dehesa es un agroecosistema que nace de un paisaje silvestre original, el monte
mediterráneo, el cual ha sido intervenido para eliminar matorral y seleccionar
árboles productivos.
Lüdeke explicó que hace unos dos
mil años, cuando las poblaciones comenzaron a volverse sedentarias, se taló
parte de la arboleda, lo que permitió que bajo los árboles restantes se
desarrollara un pasto abundante, aprovechando la sombra que estos proporcionan
en verano y el microclima más suave que generan en invierno, además de la
bellota para alimentar a los cerdos. Las comunidades también empezaron a
practicar una ganadería pastoril. Poco a poco, este sistema se ha ido
perfeccionando hasta convertirse en lo que conocemos hoy como la dehesa.
Desde su creación en 1993, la
Fundación Monte Mediterráneo se ha dedicado a la conservación, la gestión
sostenible y la promoción del ecosistema de la dehesa mediterránea. Según
Ernestine, la dehesa —considerada la última barrera ante el desierto por su similitud
con la sabana africana— es un ecosistema extremadamente delicado. Su vitalidad
y equilibrio dependen precisamente de la interacción constante entre la fauna
silvestre y el ganado extensivo, que mantiene el paisaje abierto, nutre el
suelo y preserva la biodiversidad.
«Al ser un sistema que consiste
en tantísimos elementos pequeños, no es como, por ejemplo, cuando tienes un
prado y vacas lecheras: las vacas van a ese prado, comen la hierba y en
invierno se estabulan y punto. Aquí es diferente. Aquí hay hierba que, mientras
esté baja, la comen las ovejas».
«Luego, cuando crezca y sea más
alta, se la tienen que comer las vacas, porque las ovejas no comen hierba alta
o no les gusta. Por lo menos, luego hay que tenerlo limpio para cuando caigan
las bellotas, de modo que los cerdos tengan acceso a ellas y las puedan comer,
combinándolas con algo de hierba. Y en verano no tenemos ni agua, ni comida, ni
nada. Entonces, de ahí nace la idea de sacar las ovejas», explicó Lüdeke.
Ernestine Lüdeke señaló que eso
lo llevan haciendo desde hace mil años, y que por esa razón se requieren las
ovejas en invierno y primavera para que hagan de jardineros paisajistas,
creando y conservando el agroecosistema mediante el abono con estiércol y un
pisoteo que afianza el suelo sin compactarlo como el ganado grande. En verano,
en cambio, sobran porque no hay comida suficiente para todos, de modo que el
sistema tradicional co-funcionaba con la montaña del norte.

Aquí el ganado pasta bajo encinas que dan sombra y bellota.
La dehesa: sostenibilidad escrita en el paisaje. Imagen ilustrativa.
Foto: PABLOGOMEZFOTOGRAFIA de Pixabay.
Antiguamente, el sistema de
ganadería extensiva impulsado por la trashumancia permitía un equilibrio
perfecto entre la dehesa mediterránea y las montañas del norte —constituidas
por la Cordillera Cantábrica, los Picos de Europa, el Sistema Ibérico y regiones
como León, Palencia y Zamora—. Dado que en verano no había agua ni pasto
suficiente para los animales en la dehesa, esta quedaba temporalmente sin
especies pastoriles; por ello, el rebaño trashumante se trasladaba por las vías
pecuarias y cañadas reales hacia los puertos de montaña o agostaderos del
norte, donde encontraba pastos de altura frescos, densos y nutritivos.
El pastoreo extensivo, promovido
por sistemas tradicionales de ganadería como la trashumancia, tiene un impacto
positivo en la sostenibilidad de los ecosistemas. Los rebaños contribuyen a
actuar como cortafuegos naturales al limpiar el terreno de biomasa acumulada,
que de otro modo se convertiría en una importante fuente de combustible para
los incendios forestales, estos a su vez favorecidos por las sequías y las
temporadas de calor intenso.
De acuerdo con Ernestine, el
principal factor que actualmente ha influido en los incendios masivos en el
campo español es el cambio en la gestión de los ecosistemas. Este se ha perdido
desde que la trashumancia dejó de practicarse y fue reemplazada por sistemas
modernos de ganadería extensiva sedentaria, en los que ya no hay diferentes
tipos de ganado en distintas épocas del año.
«Los principales incendios del
año pasado fueron en el norte, ¿no? Cosa muy rara, porque antes siempre era
aquí, en el sur, pero el año pasado fue en el norte. Y el mayor abandono de la
gestión del pasto o de la gestión de la montaña también está en el norte. O
sea, que donde han desaparecido las ovejas trashumantes, han desaparecido
millones y millones de ovejas».
Desde la Fundación Monte
Mediterráneo han impulsado una propuesta denominada Caminos Trashumantes, un
proyecto dedicado a la promoción de la trashumancia y a conectar al público
general con esta actividad de ganadería extensiva. El objetivo es que las personas
comprendan el valor del patrimonio cultural vivo que encierra esta práctica
milenaria, así como las actividades culturales derivadas de ella, que también
generan un impacto positivo en la sostenibilidad ambiental y territorial.
Según la página web del proyecto,
«la iniciativa incluye rutas guiadas, talleres de artesanía, visitas a
explotaciones ganaderas, actividades educativas, ferias locales, gastronomía y
mucho más. Todas ellas están conectadas por un mismo hilo: la cultura trashumante
y su entorno».
«Por un lado, toca gastronomía,
toca textil, toca ecología, toca biodiversidad, toca abandono de zonas rurales,
toca formación profesional de pastores, etcétera. O sea, que tocan muchos,
muchos temas», detalla Ernestine.
Este tipo de proyectos pone en
primer plano el valor de la tradición de la trashumancia en España, que va
mucho más allá de una simple práctica de gestión del ganado: es una forma de
vida que ha contribuido a modelar el paisaje rural, a sostener la economía
local y a preservar las tradiciones más profundas del pueblo.
La trashumancia y la gestión
tradicional de la dehesa no son reliquias del pasado, sino herramientas vivas
para combatir la desertificación, los incendios masivos y el despoblamiento
rural. Proyectos como Caminos Trashumantes nos invitan a reconectar con este
patrimonio cultural vivo: a caminar esas cañadas, a valorar la lana, la carne y
el queso que nacen de ella, a apoyar a los pastores que aún resisten.
El equilibrio que durante siglos
mantuvo vivo este ecosistema depende de saber elegir: consumir
responsablemente, exigir políticas que protejan la ganadería extensiva y no
dejar que la dehesa se convierta en recuerdo.
El cuidado de la biodiversidad,
especialmente el equilibrio y la sostenibilidad de las especies silvestres en
la dehesa, también ocupa un lugar prioritario en la agenda de trabajo de la
Fundación Monte Mediterráneo. Esta prioridad se refleja tanto en iniciativas
como el Bioblitz de 2016 —que registró un récord de diversidad aún vigente—
como en la gestión diaria del ecosistema, donde se busca encauzar prácticas que
integren el pastoreo extensivo, la conservación del suelo y la protección de la
fauna autóctona.
Bioblitz es un evento de 24 horas
inspirado en el Geo Day de la revista National Geographic, donde los
participantes llevarían a cabo el inventario de especies silvestres en un área
definida. Los datos se incorporaron a bases globales y lograron un récord de
biodiversidad.
«Todavía no nos ha superado nadie
desde hace 10 años. O sea, que somos los que mayor biodiversidad tuvimos. Y ese
catálogo sí es científico, porque hay un equipo científico que comprueba que lo
que se encuentra realmente es lo que la gente dice que es. Había 125 personas
en el campo durante 24 horas recogiendo esos datos».
César Múnera